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Declaración, Septiembre de 2005
Enrique Renta

Es peligroso colgar grandes discursos junto a una colección de pinturas. La pretensión de los primeros fácilmente puede derrotarlas, restándoles la posibilidad de detonar posibles significaciones, sobre todo las más interesantes, las insospechadas.

Esta serie de telas se refiere a mi pasión por un medio que obligatoriamente nos refiere a marcas primordiales, así como a una larga tradición de la cual es tan inútil renegar como de una lengua materna.

Asomarse a la tela es un poco como asomarse a un juego, a un tablero de ajedrez. Marcel Duchamp decía que jugaba ajedrez como si de hacer una pintura se tratase, es anecdótico que llegó a suspender su producción artística por casi una década para entregarse totalmente a ese juego. Sé que, ciertamente, continuaba pintando:

La mirada aérea, movidas que se suceden respondiendo a las alteraciones de la superficie del campo pictórico, la proposición de estrategias de ataque sobre la cuadrícula, la cosa irreversible de cada movida, la situación de espejo: sujeto - tela, fondo - figura, las fichas que se miran sobre el tablero, el sentido del tiempo de juego, que es tiempo cotidiano suspendido en la obsesiva imaginación, formulación y reformulación del ataque.

El juego de pintar, uno en el que el tiempo se hace visible a través de las múltiples operaciones y decisiones que van construyendo, torciendo, hundiendo y levantando la superficie. La pintura como imagen de nuestra capacidad de discernimiento e imaginación, como definición de nuestra humanidad y declaración de la humana aspiración de libertad.

 

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